Vivo cerca del Olimpo, un ex-centro clandestino de detención. Paso frente a él todos los días. Es un lugar inquietante y que, al mismo tiempo, me convoca, me interpela, me invita a recorrerlo y a contemplarlo. Fruto de esta contemplación constante surge “En el fondo de todo hay un jardín”.

Este punto de luz habla de los jardines que crecen espontáneamente en el terreno del horror, de la desazón, de la violencia. Es un jardín para un ex-centro clandestino, pero también puede ser un jardín personal, íntimo, que crece en el alma. Es un jardín de luz, es un espacio incipiente que puede dilatarse, expandirse y eclipsar las sombras.

El jardín es así también un objeto itinerante. Puede ingresar en la intimidad del espacio del otro, y este tránsito por los espacios privados va descubriendo nuevas capas, va dibujando trazos en el territorio. Los espacios interiores develan huellas, “arrastran” líneas de fuerza reveladoras de andamiajes sociales, económicos, culturales.

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